Asia-Pacífico y Oriente Medio, los dos grandes centros neurálgicos de la pena de muerte

A diario, todavía algún Estado condena y/o ejecuta como castigo por distintos delitos. En ocasiones, aplica la pena de muerte a delitos de gravedad elevada (por ejemplo: asesinato, violación, el tráfico de drogas o por terrorismo). Sin embargo, en otras, se quita la vida a personas condenadas por no cumplir con los estándares que el Estado en cuestión marca en materia política, religiosa o de estilo de vida (ya sea por blasfemar, tener una condición sexual “inadecuada” o, por ejemplo, por adulterio). La escala de valores sobre cuán grave es un delito depende de la realidad sociocultural de un territorio y, por tanto, los comportamientos socialmente aceptados en estados occidentales europeos no siempre son bien recibidos por el código penal de determinados países. Por ejemplo, del sudeste asiático como Vietnam o Camboya, o de Oriente Medio como Pakistan.

En 2018, Amnistía Internacional denunció un total de 2.531 condenas a pena de muerte repartidas en 54 países. De esas 2.531 condenas, 1.841 fueron tumbadas por tribunales de cada región o bien se pusieron en stand by a la espera de nuevas resoluciones por tribunales superiores, alargando el destino de cada uno de los implicados en este tipo de causas penales de forma indefinida. Por otro lado, 690 personas del total de condenados fueron ejecutadas durante el año pasado.

Analizando estos datos, es curioso afirmar que se haya producido un declive sorprendente a lo largo de las últimas décadas. Las 2.531 condenas a pena capital en 2018 suponen un 31% menos respeto al año anterior. Y, comparándolo con 2008, se ha producido una reducción de un 80% tanto en condenadas como en ejecuciones. Hace 10 años, 8.864 personas fueron condenadas a morir, ejecutándose 2.390 del total en 52 países del mundo. Y, si nos trasladamos a 1970, únicamente 21 estados habían eliminado la pena capital de forma íntegra, para cualquier delito, de su código penal.

Fuente: Amnistía Internacional

En 2019, esos 21 países se han convertido en 106 y, de los 89 restantes: 33 la mantienen, pero no la aplican desde hace al menos 10 años, y 56 todavía utilizan este castigo letal. Por ende, el 70% ha dejado de aplicarla hasta la fecha: en 2019.

La pena de muerte en la actualidad

Fuente: Amnistía Internacional

A pesar de la caída numérica (tanto en condenas como en países que las aplican), todavía existen dos centros neurálgicos donde la pena de muerte no se ha erradicado: naciones de mayoría musulmana en Oriente Medio y la zona de Asia-Pacífico. En esta última, donde se concentra el 60% de la población mundial, se produce el 90% de las ejecuciones: la inmensa mayoría en China. Este país es el mayor ejecutor siendo, además, el único que no aporta datos oficiales, al considerarlo secreto de Estado. 

En 2018, los países con un mayor índice de ejecuciones fueron China (sin datos), Irán (+253), Arabia Saudí (149), Vietnam (+85 e Irak (52). Sin incluir China, estos cuatro países concentran el 78% de las ejecuciones a nivel mundial en 2018. Y todos ellos pertenecen a los tres centros neurálgicos.

El mapa mundial condicionado por el posicionamiento de los estados respecto a la pena capital se organiza en cuatro grupos:

Países abolicionistas para todos los delitos. Todos los países europeos (a excepción de Bielorrusia) junto a gran parte de Centroamérica, Canadá y Australia pertenecen a este grupo mayoritario.

Países abolicionistas sólo para delitos comunes. Sudamérica monopoliza esta fracción minoritaria que, ateniéndose al derecho internacional, utiliza la pena de muerte únicamente para delitos extraordinarios.

Países abolicionistas en la práctica. La legislación rusa y de gran parte de los países de África septentrional aboga por la aplicación de la pena capital para delitos como el asesinato. Sin embargo, a la práctica han llevado a cabo ejecuciones en los últimos diez años, gracias a su acogimiento a la resolución de la Asamblea General de Naciones Unidas de 2007

Países retencionistas. Mantienen la pena capital las zonas geográficas objeto de nuestro estudio: Estados Unidos y las zonas de Oriente Medio y Asia-Pacífico.

Asia Pacífico, inmersa en su gran distancia jerárquica

La China de la dinastía Qing procesó a casi un millar de personas a la pena de muerte en el S XIX. Gran parte de estas condenas reflejaban a la perfección la fuerte y descarada masculinidad que emanaba la civilización China de aquella época, favoreciendo al hombre adulto por encima de la mujer y/o el niño. Se calcula, sin datos oficiales, que China podría haber ejecutado aproximadamente a 15.000 personas en tan solo tres años: de 1998 a 2001. Esta cifra equivale a las ejecuciones llevadas a cabo por Estados Unidos desde el S XVII.

En Asia, el 95% de los habitantes conviven con la pena de muerte instaurada en su código penal. Se trata la zona geográfica con más población y está llena de contrastes. Tanto China como India poseen las mayores concentraciones de población mundial en sus territorios; sin embargo, en la primera está normalizada la pena capital y capitanea el ranking de ejecuciones por goleada y en silencio y, la segunda (a pesar de su alto índice de secuencia) reniega de la pena de muerte y opta por otras alternativas menos sangrientas.

A lo largo de la historia reciente, la mayor parte de los países retencionistas de Asia-Pacífico ha experimentado periodos sin pena de muerte. Sin embargo, siempre acaban recurriendo a ella pasados unos años. Un caso remarcable es el de tres países de mayoría social islámica y, llamativamente, con un bajo índice de ejecuciones: Malasia, Indonesia y Bangladesh.  Las sociedades musulmanas (como ocurre en la mayor parte de Oriente Medio y el norte de África) mantienen sin miramiento la pena capital, desde la normalidad más absoluta. Sin embargo, estos tres países, a pesar de ser de naturaleza retencionista, reservan este castigo para ocasiones más extremas en comparación al resto de países de la zona.

Muchos expertos en la materia como el profesor David T. Johnson, experto en Sociología por la Universidad de Hawaii, creen firmemente en la teoría de que Asia-Pacífico vivirá una transición extrema respecto a este tema en los próximos años. De hecho, ya se ha producido una disminución por varias razones:

A pesar de ello, el sociólogo D.T. Johnson percibe buenos indicadores para el futuro más próximo de Asia-Pacífico. Todo parece indicar que la tendencia a la baja continuará en los próximos años. Sobre todo, por mantener la buena reputación que los agentes internacionales esperan de países como Japón y Asia, que se sumará progresivamente a esta tendencia regeneradora. Al fin y al cabo, el desconocimiento de sus cifras no deja de proyectar una mala imagen de uno de los países económicamente más poderosos, en la actualidad.

«Las cuestiones críticas son el ritmo y los procesos del cambio, más que la dirección o el eventual punto de llegada.»

D.T. Johnson – Evolución y estado actual de la pena de muerte en Asia

Oriente Medio y su influencia islámica

La pena de muerte está en retroceso a nivel mundial y, curiosamente, África subsahariana y Oriente Medios presentan la bajada de ejecuciones más notable en comparación al año 2017. Concretamente de un 41%. En especial, este fenómeno se debe al cambio de legislación en países como Irán e Irak en cuestión al castigo por el consumo y contrabando de drogas. Sin embargo, el porcentaje de condenas a pena capital ha aumentado estrepitosamente hasta llegar a un 89% más por culpa de Egipto y su crecida a los 717 condenados.

Fuente: Amnistía Internacional

El alto índice de ejecuciones que presenta Oriente Medio en 2018 se concentra exclusivamente en cinco países: únicamente en Arabia Saudí, Irak, Irán, Egipto y Yemen. Y, la suma de las ejecuciones de los tres primeros supone un 91% del total regional.

El denominador común que acrecienta estos datos es la gran influencia de la doctrina islámica. Es importante destacar que el Código Penal en estos cinco países, aparte de tener una clara derivación del pensamiento islamista, también acoge y comparte en gran parte metodologías del Derecho europeo (entre ellos el italiano y el francés, por ejemplo). Sin embargo, la gran influencia está en el Islam. El Corán recoge que la pena de muerte puede justificarse para determinados delitos considerados graves. Realmente son muy pocos, dejando al resto delitos en una discusión abierta. Existe la “venganza de sangre”, el más destacado: cuando se produce un asesinato, el Código Penal concede a la familia de la víctima dos opciones: o cobrar una indemnización económica, o bien dar luz verde a la ejecución del agresor.

Irán, por ejemplo, intenta convencer a los familiares para que rechacen esa “venganza de sangre” y opten por la indemnización. Sin embargo, es curioso porque para el Derecho Islámico el delito contra la vida no es el más castigado con pena de muerte.

Noura Hussein,
condenada a muerte en Irán

El principal foco para este tipo de condena es el adulterio, el único por el cual se castiga sin miramiento por lapidación. Este delito únicamente se puede demostrar por confesión propia, muchas veces forzado por la justicia mediante tortura o amenazas, o por testimonio de un tercero. En este segundo caso, “cuatro hombres honrados” deben haber visto indicios de adulterio para llegar a la ejecución final. Es importante destacar que, de forma muy habitual y en especial si la mujer comete este delito, su propia familia se adelanta a la justicia y acaba con su vida.

El castigo muchas veces recae sobre la mujer de una forma mucho más injusta que sobre el hombre. Es el caso de la iraní Noura Hussein. Tras contraer matrimonio a los 16 años con un hombre con el que no quería casarse, forzada por su padre, Noura se negó a consumar el matrimonio. Su marido, pidió a dos de sus hermanos (de ella) y a su primo que la sujetara mientras él la violaba. Tras un forcejeo, ella se defendió creándole a su marido una herida mortal con un cuchillo. Actualmente, tres años después, continúa en prisión con riesgo de ser ejecutada.

Otros delitos de extrema gravedad son la blasfemia y la apostasía, el abandono del Islam para su posterior conversión a otra religión. Sin embargo, en la actualidad cometer cualquiera de los delitos nombrados anteriormente (a pesar de su clara influencia religiosa) no se asientan sobre disposiciones religiosas sino sobre los tribunales de justicia correspondientes, basado claramente en los ideales islamizados.

El extremismo instaurado en la legislación de Oriente Medio obstaculiza en potencia la lucha por dejar de lado graves condenas por actos personales que, desde el punto de vista occidental, las instituciones no tienen nada que decir. La base religiosa de las leyes complica el avance hacia la erradicación de la pena de muerte o, incluso de cualquier tipo de multa por este tipo de delitos. Según Rob Badinter, exministro de Justicia de Francia, por este motivo Oriente Medio es el mayor obstáculo para la abolición de la pena capital en el mundo. Badinter cree que a esta civilización todavía le queda mucho camino por recorrer, “en especial a los regímenes gobernados por fundamentalistas”.

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